La difusión de una voz poética valenciana

Vicent Salvador (Universidad Jaume I)

La obra poética de Estellés es prolífica y original. Su importancia, entre otros aspectos, radica en el hecho de haber sido capaz de crear una obra poética muy notable. Él es un poeta vital y apasionado que retrata admirablemente la existencia cotidiana. Por tanto, sus temas son de la vida: el amor, la muerte, el sexo, el miedo, la ciudad, el campo, la mujer...

Burjassot, 1924 - Valencia, 1993). Poeta valenciano

Como bien resumió Joan Fuster: "Los temas de Vicent Andrés Estellés, en esencia, tienen la elementalidad desnuda de la vida diaria: el hambre, el sexo y la muerte".

El fenómeno poético de Estellés en su contexto histórico

De la misma generación que Josep Maria Llompart, Blai Bonet o Gabriel Ferrater, Vicent Andrés Estellés (Burjassot, 1924 - Valencia, 1993) inicia su producción poética en la posguerra. Lo hace desde la periferia literaria que era la Valencia de entonces y al abrigo de los cenáculos donde se reunían Xavier Casp, Joan Fuster y otros miembros del incipiente catalanismo valenciano de la reconstrucción. Estellés era un joven periodista con vocación de poeta que escribía versos y versos infatigablemente, y alguna vez los publicaba: Ciutat a cau d'orella [Ciudad al oído], editado en Valencia en 1953, fue el primero de los cuatro poemarios que vieron la luz durante los años cincuenta y sesenta.

Pero hasta el inicio de los años setenta su obra no llegó a la calle, convirtiéndose entonces en símbolo de un país valenciano que despertaba, poco después de los gritos de protesta de Raimon. La mano hábil de Joan Fuster y la sagacidad del editor Eliseu Climent programaron el boom editorial de su poesía.

Y llegaron los best-sellers -el Llibre de meravelles [Libro de maravillas] (1971) principalmente-, premios como el de las Lletres Catalanes y, poco a poco, los diez volúmenes de su obra completa. Por fin la literatura valenciana contemporánea alumbraba a un poeta exportable y popular. La operación fue un éxito cívico en aquel momento auroral de la transición a la democracia. Y lo fue en el ámbito general de la literatura catalana, donde Estellés fue leído y valorado, más allá de las dudas que, en el prólogo de Recomane tenebres [Recomiendo tinieblas] (1972), primer volumen de su Obra Completa, expresaba Fuster sobre las dificultades de interpretación de sus matices dialectalizantes fuera de su marco local o regional. Incluso la raíz localista del verso de Estellés -desde el dialectalismo al recurso reiterado a los topónimos- fue un factor de eficacia poética.

El compromiso cívico del poeta

Estellés hace bandera de un sentimiento cívico colectivo, presentándose como intérprete de las palabras de la tribu y de las reivindicaciones de su pueblo. El poema "La rosa de paper" es bien emblemático en este sentido, pues relata la historia de una mujer anónima que deja tras de sí el símbolo de una rosa de papel -un papel que es la poesía-, legándola al pueblo como una consigna de resistencia y transformación. El poeta aparece así como "uno entre tantos", como "la voz de un pueblo" en marcha, al mismo tiempo que como un individuo concreto que vive en su circunstancia personal el drama colectivo de la posguerra y de un país condenado a la travesía del desierto.

En la variada gama temática y tonal de su lírica, uno de los valores más incontestables es la consecución de esta imagen de dignidad personal y civil. En esto es un claro deudor de Carles Riba, sobre todo el Riba de las Elegies de Bierville, y al igual que éste también escribe desde un exilio: desde un exilio interior, nacional y de clase. Desde estas coordenadas de origen, su obra construye la amarga dignidad de una columna de templo despojada. Con fuertes diferencias, eso sí: por ejemplo, Estellés es mucho menos selectivo, depura menos la anécdota. Su cedazo lírico deja pasar muchos detalles descriptivos, los personajes típicos de un cuadro de época, muchos acontecimientos cotidianos. La elegía se convierte así en crónica social. Y el periodista -el testigo de la microhistoria- asoma en ella. Ante el espectáculo de la posguerra, de la miseria y las represiones de todo tipo, Estellés muestra un talante de cronista apasionado, que, sin apenas estilizar nada, hace un inventario de los personajes y los acontecimientos que constituyen ese mundo.

Con esta perspectiva, no importa que Estellés se centre en episodios de la historia nacional, en las fieles pequeñas cosas que, como en el caso de Riba, llenan la vida cotidiana, o en la reseña de un amor personalísimo. En cualquiera de estos casos, el resultado es de una profunda coherencia y genera una crónica amarga y esperanzada a la vez, el grito que alza una idea de dignidad nunca doblegada. A menudo la sabe transmitir, además, con unas dotes de confidencialidad conversacional bien notoria. Con una gran eficacia comunicativa sin duda.

Un caso particular es el de las Horacianes [Horacianas](1974), donde el poeta retrata la vida valenciana de los años sesenta, travistiéndose de Horacio, mezclando la Valencia de su época con la Roma imperial y disfrazando a sus enemigos contemporáneos de personajes de la época, como Suetonio. Más allá del efecto objetivizador que se deriva de la adopción de una persona clásica como voz poética del yo, implica "una sensibilidad notable del instinto humano", en palabras de Dominic Keown, y una apuesta por "un orden civilizado basado en la libertad, la tolerancia y la solidaridad". Asimismo, el recurso posibilita la universalización de una experiencia históricamente situada que nace de las peripecias vividas en un ámbito local.

De hecho, el filtro de esta latinidad le permite operar con un distanciamiento que legitima como poesía lírica lo que es una crónica casi periodística con tintes satíricos. Al mismo tiempo, el canto primario a los productos de la tierra, a la felicidad de las pequeñas cosas cotidianas se reviste de un prestigio clásico y, en esta misma vía, Estellés invocará en ocasiones el recuerdo del poeta chileno Pablo Neruda, de sus Odas elementales. De esta forma, poetizar la experiencia de contemplar y comer con deleite un pimiento asado es un auténtico reto para el poeta lírico, que, más allá del tono gastronómico, a la manera de Josep Pla, consigue presentar con una intensidad poética esta minúscula muestra de los placeres más elementales de la vida, que nos permiten una auténtica comunión con el mundo.

Por otra parte, también la influencia de Pablo Neruda, en su vertiente más épica, es visible en el magno Mural del País Valencià, que constituye un conjunto de poemarios dedicados a ensalzar la geografía y la historia de los pueblos valencianos. Esta obra, dejada inconclusa por el autor y editada de forma póstuma en 1996, se configura como un ambicioso retablo, una especie de pintura mural a la manera de los pintores mexicanos Siqueiros o Rivera, con un poderoso aliento épico parecido al del Canto general de Neruda, que es la gran epopeya de las tierras americanas.

La temática amorosa

La muerte, su ritual y las alegorías correspondientes constituyen una temática que fascina a Estellés y a menudo lo obsesiona hasta hacerle asociar el soneto -por su forma gráfica sobre la página en blanco- con un ataúd, o suscitar el relato premonitorio de su propio entierro. Al lado de esta belleza de la muerte, hay también una atracción obsesiva por el amor, que se convierte en la espina dorsal de toda su lírica, en una gama diversa de sensaciones que van desde el sexo directamente expresado hasta las manifestaciones más sofisticadas del deseo o hasta los sentimientos más estrictamente espiritualizantes.

Quizás uno de los rasgos más llamativos de la poesía de Estellés es la manera cruda e inmediata con que trató en ocasiones la experiencia del sexo -una manera insólita en la poesía catalana anterior y poco frecuente en la posterior. Incluso un poema tan líricamente arrebatado como es "Els amants", recitado con vigor por Ovidi Montllor a lo largo de años y geografías, tenía su punto de reto a la retórica amorosa tradicional, como se manifiesta en la alusión a la poesía novecentista: "Y que nos perdone el casto señor López Picó." Asimismo, Estellés asocia automáticamente con el erotismo y con el cuerpo femenino, de una forma estilizada, muchos fenómenos de la naturaleza, como cuando ve en unas ligeras olas "un mar de tetillas rápidas". En general, el cuerpo de la mujer es fuente de metáforas como ésta, y al mismo tiempo foco de atracción de procedimientos intensificadores, entre los cuales el de la doble adjetivación no es el menos utilizado: por ejemplo, las "benignas redondeces en sazón" de una imagen corporal femenina que se nos presenta deseada, "invicta" y "autárquica".

Pero en su tratamiento de la materia amorosa habría que destacar principalmente los aciertos expresivos llenos de intensidad, tanto cuando habla de amores furtivos -que a menudo intuimos vivamente pintados por su imaginación- como cuando evoca un amor conyugal largamente vivido y fiel como la muerte misma, un amor "para toda la muerte". Así, referencias como "el manojo de azafrán negro del sexo", o "amor, entre tus dientecillos soy uva", o "por ti como limones, veo el día total", aúnan una poderosa sensualidad con la tensión lírica más estricta. Las imágenes nos sorprenden, en ocasiones, con una elementariedad de una eficacia conmovedora: "La vida era una sorpresa, / una rana viva en el bolsillo."

Los procedimientos retóricos

Así pues, al lado de la expresión directa de la sexualidad o del uso sorpresivo de palabras del registro coloquial, la poesía de Estellés evidencia también una particular elaboración estilística y retórica, bien visible en su adjetivación, en las imágenes metafóricas o en el filtro culturalista que constituyen, por ejemplo, las referencias de las Horacianes al mundo clásico latino. Podríamos añadir otros recursos, como el uso expresivo de los topónimos, que para Estellés constituyen palabras de raíz telúrica, cargadas de simbolismo, tanto si se trata de nombres de calles de Valencia o de cabezas de partidos judiciales, como si se convierten en emblema de los orígenes lingüísticos -como en el poemario Les homilies d'Organyà [Las homilías de Organyà] (1981), donde se rinde homenaje a la lengua catalana.

Uno de los procedimientos más destacables es el de la parodia, que se hace, por ejemplo, de la tradición clásica de las églogas o de los tópicos fomentados por la Renaixença y por su patriarca valenciano, Teodor Llorente. De esta manera, las églogas de Garcilaso de la Vega se convierten en un diálogo entre personajes de la actualidad en una oficina, donde una ninfa de nuestros días puede regañar a su amante: "Nemoroso, Nemoroso, no me rompas las bragas, que me han costado veinte duros." Asimismo, los tópicos procedentes del paisajismo de Llorente en poemas como "El barranc dels Algadins" -el dulce aroma del campo, las labradoras idealizadas, etc.-, pueden ser sustituidos, en el "Vora el barranc del Carraixet" de Estellés, por el recuerdo sublevado de los fusilamientos de la posguerra en los alrededores de la capital valenciana, a la vez que la muelle eufonía de la palabra "Algadins" se transforma en la aspereza multivibrante del topónimo real "Carraixet".

Hombre apasionado y civilmente comprometido, pozo de cultura literaria, cronista periodístico de su mundo a la par que poeta de altas cimas de intensidad lírica en el conjunto proteico de su producción, Vicent Andrés Estellés legó a la cultura catalana un discurso amasado con palabra viva, eficaz para la difusión popular de la poesía -y eso es muy cierto y muy útil en el ámbito valenciano que era el suyo-, y también un referente poético personalísimo, bien perfilado y caracterizado en el conjunto de la literatura catalana contemporánea.

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