Ramon Llull

(Nou diccionari 62 de la literatura catalana)

Palma de Mallorca, 1232-1316. Filósofo, teólogo, novelista y poeta

Ramon Llull es a la literatura catalana lo que Shakespeare es a la inglesa, Dante a la italiana y Goethe a la alemana: un genio con un don para la lengua y un sublime sentido literario. Llull puso su bella prosa al servicio de un gran ideal: la conversión pacífica de la población al cristianismo mediante ideas filosóficas muy elaboradas, distintas, bellas e irrefutables. Tan grande es su genio -escribía indistintamente en latín, catalán o árabe- que su monumental obra (más de 265 títulos han llegado a nuestros días) todavía hoy llama la atención de incontables especialistas en literatura, filosofía y teología de todo el mundo.

Hijo de una familia quizá perteneciente a la nobleza catalana, su padre llegó a Mallorca con el ejército del rey Jaime I el Conquistador. Nacido en la isla en el periodo inmediatamente posterior a su conquista, estuvo vinculado en su juventud a la casa real. De sus años como cortesano sabemos poca cosa: se casó, tuvo dos hijos y llevó un ritmo de vida acorde con su estamento. Pero a los treinta y un años vivió una experiencia sobrecogedora que dio un giro radical a su vida: la denominada «conversión», sobrevenida a raíz de que Cristo crucificado se le apareciera en cinco ocasiones.

De acuerdo con el testimonio de la Vida coetània [Vida coetánea] (autobiografía dictada por Llull en los últimos años de su vida a unos cartujos de París), a partir de esta experiencia se inicia una nueva vida para el converso, que abandonará su familia, su posición social y las riquezas para servir a Dios. Sin embargo, no lo hará ingresando en una orden religiosa, sino a través de una actividad frenética, que se resume en tres objetivos: predicación a los infieles hasta llegar al martirio, escritura de un libro contra los errores de estos infieles (Llull decía que tenía que ser "el mejor libro del mundo") y creación de escuelas monasterio donde se enseñara el árabe y otras lenguas orientales para formar a los misioneros. En definitiva, la obsesión dominante en Llull hasta el último momento de su larga vida será la conversión de los musulmanes, los judíos y otros infieles (especialmente los tártaros) a la fe cristiana.

El hecho de carecer de una formación adecuada para la tarea que se había impuesto lo lleva a empezar en el año 1265 un periodo de aprendizaje autodidacta en la isla de Mallorca, que incluye el estudio de la lengua árabe, y que culminará nueve años después, en 1274, con la escritura del primer gran exponente de la literatura catalana: el vasto Llibre de contemplació en Déu [Libro de contemplación en Dios] (1273-1274). Ese mismo año, retirado en una ermita en el monte mallorquín de Randa, Llull tiene una revelación divina -la conocida como «iluminación de Randa»- y a partir de ella concibe un sistema de alcance universal para encontrar la verdad, que sería infalible para la conversión de los infieles: el conocido Art lul·liana [Arte luliana], que se materializará en la redacción del Art abreujada de trovar veritat [Arte abreviada de hallar verdad] (1274). Éste es el motivo de que se le conozca con el sobrenombre de Doctor Iluminado. Desde esta fecha, toda la biografía de Ramon Llull gira en torno a los esfuerzos por dar a conocer su Arte; estos esfuerzos incluyen el uso de la literatura como vehículo de difusión de sus ideales de reforma de la Cristiandad y de conversión de los infieles, que comunicará a papas y príncipes con el fin de ganarse el apoyo de los poderosos.

Tan convencido estaba Llull de su misión que iría en diversas ocasiones al norte de África (visitó, en concreto, Bugía y Túnez) para discutir con teólogos musulmanes. A finales del año 1315 sabemos que se encontraba en uno de estos viajes misioneros en Túnez; hacia marzo del año siguiente, a la edad de 83 u 84 años, ya estaba muerto. No se sabe si murió en Túnez, en Mallorca o durante el viaje de vuelta de África a su isla: la tradición generó una leyenda según la cual habría muerto lapidado como mártir de la fe.

El periplo vital de Ramon Llull refleja su fuerte personalidad, manifestada en una actividad frenética que lo empujó no sólo a viajar incansablemente, sino también a escribir un considerable número de obras en catalán, latín y árabe (265 según el último catálogo, elaborado por Anthony Bonner). El eje central que articula tan vasta producción escrita es el "Arte dictado por Dios en el monte de Randa", al que remiten las obras, literarias o no, de Llull. Este Arte tuvo que ser reescrito varias veces en un intento de hacerlo más asequible, ya que topaba con la incomprensión de los círculos intelectuales del momento. De ahí que, con el fin de orientarse entre el gran número de obras de Llull, la crítica haya aceptado mayoritariamente la división de su producción en cuatro etapas -división propuesta por Anthony Bonner-, de acuerdo con los diversos cambios que experimentó el método luliano de encontrar la verdad.

La primera, denominada «etapa prearte», abarca los últimos años de aprendizaje antes de la iluminación de Randa (es decir, entre 1271, aproximadamente, y 1274), y a ella pertenecen un tratado de lógica en verso (la Lògica d'Algatzel [Lógica de Algatzel], 1271-1272?) y el Llibre de contemplació en Déu (1273-1274), la primera gran obra de Llull. Entre 1274 y 1290 transcurre la "etapa cuaternaria", llamada así porque los principios básicos que estructuran el Arte comparecen en un número múltiplo de cuatro; forman parte de ella el Art abreujada de trovar veritat (1274) y el Art demostrativa [Arte demostrativa](1283), de los que derivan respectivamente dos grandes novelas: el Llibre d'Evast e d'Aloma e de Blaquerna [Libro de Evast y de Aloma y de Blaquerna] (1283) y el Fèlix o Llibre de meravelles [Félix o Libro de meravillas] (1288-1289). A partir de 1290, y hasta el año 1308, fecha en la que Llull abandonará definitivamente la reescritura de su Arte, asistimos a una drástica reducción de los conceptos básicos de este método y a un cambio importante en su funcionamiento. Ahora los conceptos aparecerán en un número múltiplo de tres, por lo que se conoce este periodo de la producción de nuestro autor como "etapa ternaria". El Ars inventiva [Arte inventiva] (1290) inaugura esta etapa y se cerrará con el Art breu [Arte breve](1308). Destaca en este periodo la gran enciclopedia Arbre de Ciència [Árbol de Ciencia](1296-1297), junto con las dos mejores manifestaciones de la lírica luliana: el Desconhort [Desconsuelo](1295) y el Cant de Ramon [Canto de Ramon] (1300). Por último, desde 1308 hasta su muerte en el año 1316, Llull dejó de lado el Arte y se centró en escribir opúsculos sobre cuestiones concretas de filosofía, teología y lógica: es la conocida como "etapa postarte".

En toda esta producción hay dos vertientes indisociables : la literaria y la doctrinal. De hecho, lo que hoy conocemos como "literatura" no era para Llull sino un vehículo de expresión subordinado a un contenido misionero y apologético, que ocupaba el lugar central en sus intereses. Así lo pone de manifiesto, por ejemplo, el llamamiento que hace a la reforma de la juglaría, un potente instrumento de difusión de ideas en el siglo XIII que considera alejado de la intención recta: alabar a Dios y servir para la difusión de la fe católica. Llull propone, pues, una "juglaría espiritual", de acuerdo con el modelo de san Francisco de Asís, quien se consideraba, como nuestro autor, un "juglar de Dios".

Este aprovechamiento de la literatura para los intereses doctrinales deriva de una idea central en el pensamiento y la praxis lulianos: la primacía de la "primera intención" frente a la «segunda intención». Para Llull, la primera intención expresa la finalidad por la que se creó el ser humano: conocer, amar y alabar a Dios. La segunda intención, por contra, supone buscar el propio beneficio. Anteponer la segunda intención a la primera es olvidar la razón por la que existimos: ésta es, para Llull, la fuente del pecado y la decadencia moral, no sólo del individuo, sino también de toda la sociedad. La obra luliana quiere ser, por tanto, una obra de «primera intención», es decir, dirigida en primer lugar a la alabanza a Dios, y por eso la «expresión literaria», en palabras de Jordi Rubió i Balaguer, queda subordinada a los contenidos doctrinales.

Una de las ideas clave del pensamiento luliano, respecto a estos contenidos, es la utilización de las «razones necesarias» en la exposición de los argumentos. Para Llull, las razones necesarias son argumentos lógicos que considera aceptables por necesidad, evidentes por sí mismos y, en consecuencia, imprescindibles en el diálogo interconfesional. Estos principios demuestran la confianza luliana en el entendimiento humano bien ordenado, el cual debe ser capaz de percibir la verdad (que para Llull es, evidentemente, la expresada por los dogmas de la fe católica). Encontramos un ejemplo en el Llibre del gentil y dels tres savis [Libro de gentil y de los tres sabios] (1274-1276?), obra en la que un sabio judío, un cristiano y un musulmán mantienen una discusión ordenada y muy correcta en las formas, siguiendo los esquemas del Art abreujada de trovar veritat, con el fin de argumentar a un pagano cuál de las tres religiones es la verdadera. Lo será aquella que no entre en contradicción con las cualidades divinas y que dé, por tanto, una idea más lógica y acabada de Dios en sí mismo y en su relación con la creación. El punto de partida es la búsqueda de la verdad, aunque eso suponga un replanteamiento de los dogmas de fe. Lo más destacable es que, al final, el pagano no comunica cuál ha sido su elección (aunque, evidentemente, el lector pensará que ha optado por la fe cristiana), en una muestra de buena voluntad por parte del autor, que quiere dejar una puerta abierta al diálogo con los no creyentes. La confianza en la razón como medio para entenderse y llegar a un acuerdo en la fe no es exclusiva de Llull en su contexto histórico, pero sí es el autor que la desarrolla con más insistencia, hasta el extremo de renunciar al recurso de las citas de autoridades, inútiles para entenderse con los musulmanes y los judíos.

Sin embargo, no podemos considerar a Llull estrictamente un «racionalista», como ha sido calificado en ocasiones, ya que también es consciente de las limitaciones del entendimiento para llegar a la comprensión de los misterios de la fe. La voluntad, identificada con el amor y el fervor, juega un papel fundamental en este punto para trascender las limitaciones de la razón. El resultado del planteamiento luliano es un acercamiento personal a la tarea misionera y a la exposición de la doctrina, al margen de la escolástica imperante en el siglo XIII. La base del pensamiento luliano está constituida por lo que Robert Pring-Mill denomina un «sustrato colectivo de lugares comunes», es decir, el conjunto de conocimientos sobre el mundo y sobre Dios que podían compartir los intelectuales de las tres religiones monoteístas y que se asienta fundamentalmente en una cosmovisión neoplatónica. Uno de los conceptos clave de esta cosmovisión será el de analogía, aprovechado por Llull para la construcción de argumentos, y según el cual hay una relación significativa de similitud entre el mundo creado y el creador. Dios es el modelo, la fuente ejemplar de toda la realidad creada, y lo es a través de sus cualidades o dignidades, que se extienden por la creación.

La base platónica de la filosofía luliana es patente; no obstante, sus fuentes directas no quedan tan claras, ya que nunca las cita. Los estudiosos de la filosofía islámica han identificado fundamentos musulmanes en el pensamiento de nuestro autor, algo totalmente lógico si atendemos al contexto en que se desarrolló su formación (recordemos que era capaz de leer y escribir en árabe). Unida a la preocupación por la conversión de los infieles, encontramos en la obra de Llull otra cuestión central: la reforma de la Cristiandad. El punto de partida es la constatación del seguimiento mayoritario de la segunda intención y el consiguiente olvido de la primera, tanto individual como socialmente. Llull reacciona criticando duramente a las jerarquías que ostentan el poder religioso y temporal, y planteando unas propuestas radicales basadas en muchos casos en la espiritualidad franciscana cristocentrista, focalizada en el Evangelio como modelo de vida. Así pues, una de las ideas centrales de la reforma luliana es la exaltación de la pobreza evangélica. Partidario, como san Francisco de Asís, de la «iglesia de los pobres», Llull propone en la novela Blaquerna medidas concretas, como la renuncia de los obispos a dos tercios de sus rentas o la exhortación a los ricos burgueses a ejercer la caridad, aunque el estado idóneo es el de la renuncia total a las riquezas temporales y el acercamiento a Cristo a través de la pobreza voluntaria, como hacen los padres del protagonista. Consciente de que sus planteamientos chocan frontalmente con los valores predominantes en la época, el discurso luliano alterna las notas de pesimismo con las de autoafirmación orgullosa, en las que asume las invectivas de sus adversarios, como cuando hace suya la denominación de "loco".

Los personajes de las novelas lulianas a menudo se comportan como locos, ya que su actuación no se guía prioritariamente por los convencionalismos sociales de la segunda intención, sino por la alabanza a Dios. Eso hace que critiquen abierta y contundentemente cualquier comportamiento que consideren desviado de la finalidad marcada por la primera intención, sin importar la posición del personaje criticado; es la fuerza moral lo que confiere autoridad suficiente para censurar a un rey, un obispo o, llegado el caso, a un papa. Una obra donde se puede ver con claridad la actitud luliana en este sentido es la Disputatio Petri clerici et Raymundi phantastici (1311), conocida también con el nombre de Phantasticus. En ella, un Ramon Llull anciano, de camino al concilio de Vienne, se encuentra con un clérigo. Durante la conversación que mantienen, Ramon expone sus motivos para acudir al concilio: lleva unas peticiones que, por enésima vez, pretenden lograr de los poderes eclesiásticos la organización de una cruzada, la unión de las órdenes militares, la creación de monasterios para la formación de misioneros. Su interlocutor, por contra, es mostrado como un clérigo simoníaco que va al concilio con el fin de conseguir prebendas para sus sobrinos. Si los objetivos de Llull se identifican con la primera intención, los del clérigo siguen la segunda. Pero lo más significativo es que, a lo largo del diálogo, el sacerdote pecador se burla de las intenciones de Llull y lo tilda de phantasticus (es decir, loco, lunático o soñador, poco pragmático).

Llull es consciente, a fuer de decepciones, de que los intereses reales de sus contemporáneos se encuentran muy alejados de sus propuestas, a menudo calificadas como utópicas. En el Desconhort [Desconsuelo], extensa composición en verso de sesenta y nueve estrofas, este sentimiento de amargura se expresa a través del diálogo con un ermitaño que plantea al autor las posibles causas de su fracaso. Sin embargo, al final Llull siempre encuentra fuerzas nuevas para continuar con la tarea. Convencerá al ermitaño de la excelencia de sus planteamientos y de la necesidad de continuar luchando, y así ganará otro adepto a su causa. Como se puede comprobar, la literatura juega un papel primordial en la expresión de las ideas lulianas más personales, no sólo de las filosóficas. Su lírica destaca así, en un panorama dominado por la reiteración, a menudo vacía, de los tópicos del amor cortés, por su tono personal, sincero y conmovedor.

Así pues, si bien a lo largo de la historia el Llull filósofo ha hecho sombra al literato, en el siglo XX empezó a reivindicarse a nuestro autor como gran prosista y mayor lírico. La literatura para Llull, como hemos dicho, es un vehículo para transmitir unos contenidos, de ahí que ponga especial cuidado en el estilo de sus obras. La prosa de Llull es elegante, lógica y muy moderna para el siglo XIII. Sabe equilibrar las frases, con abundancia de periodos duales, todo ello expresado con una sintaxis donde hay una presencia significativa de oraciones subordinadas. No en vano tuvo un papel fundamental en la creación de la lengua catalana, con la adopción de soluciones léxicas que hoy se encuentran plenamente integradas en el sistema y que provienen de la necesidad de expresar unos contenidos filosóficos o técnicos en un idioma que no disponía aún de recursos.

Con respecto a la lírica, Llull se apropia de los recursos de la poesía provenzal, que conocía bien, y los adapta a un contenido religioso o, a veces, autobiográfico. Los planteamientos retóricos de Llull, expresados en su tratado Rhetorica nova [Retórica nueva] (1301), no parten de la sonoridad de las palabras como fuente de belleza del discurso, sino que se centran más bien en su contenido, en su semántica. Idea totalmente coherente con la postura general de nuestro autor: primar lo interior, por tanto, lo esencial, por encima de la apariencia. La originalidad de su pensamiento y la calidad sin par de su literatura han hecho de Llull la figura más destacada de la cultura catalana de todos los tiempos y en todo el mundo.

Desde su muerte ha tenido seguidores más allá de nuestras fronteras: no sólo en lo que hoy es Francia, Italia, Castilla, Centroeuropa, sino incluso en Rusia, donde había una escuela luliana en el siglo XVIII (lulismo). Su pensamiento influyó en figuras como Giordano Bruno o Leibniz y su literatura es todavía un modelo estilístico y una fuente de inspiración para muchos autores catalanes del presente.

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