Ha dicho...

Terrassa, 1969. Escritor



La escritura es ritmo. Con los primeros párrafos debes conseguir este ritmo. Un estilo que suene bien, pero que no suene escrito. "Escribir bien es difícil", decía Rodoreda. Normalmente no sabemos escribir, pero cuando consigues dos o tres líneas con entidad propia que funcionan de forma autónoma, entonces, te encuentras bien. Al final, para el autor lo importante no es si pasó o no, sino si hubiera podido pasar. Debes construir el relato como si hubiera pasado de verdad. Debes buscar que la mentira sea tan perfecta como sea posible para hacerla verosímil al lector.



Han dicho...


Más allá de la nitidez expresiva, del sentido del ritmo narrativo y de una capacidad de evocación y de observación más que notables —se consigue que el lector, por ejemplo, sienta la diferencia entre los días laborables y los festivos, o el día que terminan las vacaciones—, en esta novela vuelven a aparecer todos los elementos que el lector conocedor de la obra de Puig reconocerá sin esfuerzo: el protagonista y narrador recuerda y añora desde su vida adulta el mundo perdido de la infancia y la adolescencia; hay el pueblo de veraneo, el lugar donde los padres se convierten en unos personajes secundarios y los niños campan como quieren, como si tuvieran una duda espontánea sobre la seriedad del mundo; hay las estampas cotidianas más triviales, y hay un círculo amable de nostalgias, deseos y sentimientos blandos que tienen la virtud de no empalagar casi nunca [...]. Y hay también, por supuesto, lo que se convierte en el núcleo sobre el que se construye el fondo de La vida sense la Sara Amat [La vida sin Sara Amat], ese instante moral en que uno se hace mayor sin darse cuenta. La paz de la niñez se transforma en la guerra de la vida adulta, la vida particular y clandestina de cada uno —la vida del protagonista y de Sara Amat encerrados en la habitación— nada tiene que ver con la vida pública repleta de secretos y apariencias, y la sensación de soledad ya no provoca solo aburrimiento sino algo más indescriptible: el protagonista de La vida sense la Sara Amat hace el dificultoso aprendizaje de saber callar un secreto y de entender la línea que separa la verdad de la mentira. Puig no se excede nunca y en poquísimas ocasiones sermonea, y, aunque pueda haber quien le reproche falta de profundidad, nadie podrá negarle que domina el artificio de la literatura y el arte de la espontaneidad sin esfuerzo.


Al leer esta novela [La vida sense la Sara Amat], que tiene mucho de fábula, de historia para escuchar en pleno del invierno, bien abrigados junto al fuego, te da la sensación de que no la lees, sino que alguien te la está contando: resbala, fluye con una suavidad (y una naturalidad) admirable.

Prácticamente sin darte cuenta, sin tener conciencia de ello, sin ningún esfuerzo visible, entras dentro de la narración y ya no sales –ni quieres salir– de ella hasta el final. El narrador ha aprendido de Sherezade cómo es de importante que el lector siempre quiera saber más y más de la historia, que no pueda dejarla y, lo que es más fundamental, aún, que se la lleve con él al terminarla; que le siga acompañando una vez cerrado el libro.


Puig ofrece a los lectores una prosa con tacto de terciopelo, y a veces de algodón sanitario, con atmósferas luminosas, donde padres y tíos, abuelos y nietos viven unos conflictos que se absorben en un airbag de comprensión y miedo al escándalo. Hay un fondo conformado con las leyes de la vida, una conciencia de la superioridad de las mujeres, un sentimiento de atracción por la capacidad que tienen de governarse por sí mismas, que desarma a los hombres.[...] L’amor de la meva vida de moment [El amor de mi vida de momento] es un libro contenido con un hervor de sangre y carne viva: ganas de ser, de sentir, de dejar atrás la obsesión de la infancia perdida.


[En L’home que torna –El hombre que vuelve] Pep Puig ha tenido el talento de construir una historia con las herramientas de la sencillez y con un afinado olfato –poco habitual en autores noveles– al seleccionar los materiales que dan a L’home que torna este aire de calculada ambigüedad, de historia contada con los mínimos recursos posibles que enseguida atrapa al lector. Una historia escrita con sencillez, con buen gusto, con un registro realista que sintoniza sin quebraduras los sentimientos de sus personajes con la receptividad del lector.


Pep Puig es uno de aquellos raros escritores catalanes que no ha estudiado filología. No llega a la literatura a través de una obsesión por la lengua, ni ha pretendido hacer de intelectual. Es probablemente el ejemplo de escritor que no intelectualiza lo que escribe, sino que busca aquella facilidad tan difícil de conseguir. El arte de Pep es difácil. Siempre dice que el escritor debe construir el relato como si hubiera pasado de verdad. Pep Puig narra a partir de los sentimientos, con la voluntad de conectar con el lector desde las emociones.

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