Han dicho...

Ariany, 1945. Escritor y periodista



Els carnissers [Los carniceros] rebelaban un novelista ya armado para convertir en trama vívida lo que podría haber sido la tesis de un ensayo: la transmisión de poderes entre dos mundos que se odian, los antiguos señores de Mallorca y los servidores convertidos en propietarios de sus tierras. […] Figura que La mort i la pluja [La muerte y la lluvia] son cuentos (y recibió el premio Mercè Rodoreda de cuentos), pero yo no sé concebirlo sino como un retablo. En el centro de todo, un pueblo y una familia donde se ha producido la desgracia de la muerte del padre; la viuda es joven y tiene unos cuantos hijos por criar. Irá alienando la tierra para que ellos puedan abandonarla por completo: hacer carrera, huir hacia otra vida. Pocas cosas he leído que se me hayan grabado tan profundamente como el cuento –la tabla– donde el hermano mayor descubre que su pueblo no aparece en ningún mapa, que, por lo tanto, su pueblo no existe; y el niño se hace geógrafo con el propósito de corregir la insufrible injusticia de no existir.

Sicília sense morts [Sicilia sin muertos] trata, también, de formas de destrucción. Esta vez los títeres que mueve Frontera no son antiguos cuidadores convertidos en predadores, ni pintores convertidos en lacayos de la especulación, sino “hijos de” que han llegado al poder de los poderes, al Gobierno en mayúscula, desde donde perpetúan prácticas emparentadas con la antigua y eterna codicia. Para que tal cosa funcione, hace falta una abundante parroquia de “hijos de” dispuestos a seguirles la cuerda. Esta es la lección de los libros de Frontera: que, en una sociedad corrupta, todo, sin excepción, se corrompe. […] Los protagonistas de Frontera hacen una extraña compañía, perenne, más allá del libro. Es la compañía que hacen los que no son planos, que viven escindidos por un antagonismo o carcomidos por la ambivalencia. Así era el protagonista de L’adéu al mestre [El adiós al maestro]; así es Mateu Llodrà, uno de los protagonistas de Sicília sense morts, por cuya intercesión se produce la catástrofe; el otro protagonista, por cierto, se parece curiosamente al actual presidente del Govern balear. […]

Guillem Frontera tiene un gran sentido del pasado que aplica sagazmente al presente: sabe llevarnos a rastrar, en las destrucciones modernas, unas pasiones arcaicas con capacidad de adaptación –como las bacterias o las personas. La infancia surge de tarde en tarde en sus libros más políticos; la infancia como principio de cualquier cosa importante. Sicília sense morts lleva incrustado un pedazo de infancia en uno de sus capítulos, de la misma forma que lleva la reminiscencia de otras de sus novelas, quizás porque Frontera, tras un tiempo sin escribir, retoma posesión de una obra que se ha convertido en un territorio. Comprendida entre dos extremos que se tocan como Guermantes y Méséglise y que no se si caben en las palabras pérdida y pervivencia, es la obra de un magnífico escritor. Muchos lectores no conocen su existencia, algo nada extraño por los tiempos que corren y el lugar donde estamos. Según como lo mires, es alucinante; según como, contiene una virtud, que es la posibilidad de adentrarse en ella y recorrerla entera. Entrando por La mort i la pluja y saliendo por Sicíia sense morts, o entrando por L’adéu al mestre y saliendo por Els carnissers: no importa. Sería tranquilizador que sus lectores naturales lo hicieran sin tener que esperar el vingt ans après y el paso por el extranjero que ha tenido que esperar, por ejemplo, su primer editor.

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