¿Quién soy y por qué escribo?

Biel Mesquida

Telloc, 21 de noviembre de 1995

Mi dilecto, caro y coral amigo P-M, he trajinado mucho antes de llegar aquí. Hacía ya unos días y sus noches, un par (en el sentido mallorquín), que intentaba hilar unas sartas de palabras para responder a unos interrogantes que me planteas casi sin darte cuenta y que me causan inquietud, porque no sé cómo responderlos. Entre todos, el que me persigues es ese en que insinúas, casi como si me lo restregaras por la cara: "¿Por qué escribes?" Antes de coger la Montblanc y el papel que me trajo Òscar Pujol -el poético y sabio amigo que está haciendo un diccionario sánscrito-catalán- (un papel de Benarés, hecho por manos artesanas indias) y garabatear las primeras letras, he intentado sin éxito poner "El lado más bestia de la vida" ("Take a Walk on the Wild Side"), ¡viejo amigo Lou Reed, nuevo amigo Albert Pla! El tocata sólo me ha dejado escuchar un Lluís Llach con esa voz suya que tiene todos los colores de Porrera y musicada con unos sonidos escenográficos donde "Els masos cauen" [Las masías caen] i "Europa creix sobre els vostres morts mercadejats sense vergonya."[Europa crece sobre vuestros muertos mercadeados sin vergüenza]. Cuando Lluís me recitaba un "passen els núvols talment com antics vaixells/roden món/greus i misteriosos/van cap a Sarajevomathausen..."[pasan las nubes talmente como antiguos barcos/recorren mundo/graves y misteriosos/ van hacia Sarajevomathausen] has venido deprisa y corriendo, P-M del alma, y me has dicho que la paz había empezado en Yugoslavia. Te he seguido hasta la tele y he visto con una alegría conmocionada a Clinton, que contaba con todo lujo de detalles que los serbios, los bosnios y los croatas han firmado este martes de otoño un acuerdo de paz en Dayton (Ohio) y han puesto fin a una guerra que ha durado cuatro años y ha asesinado a doscientas cincuenta mil personas, especialmente de la indefensa sociedad civil.

Para postres ayer, como el que no dice nada, me pediste que te escribiera unas letras para explicarte mi obsesión por escribir. Te dije que tú ya te hacías la pregunta y te la contestabas. Y me miraste como extrañado. Sabes que habito entre muros desconchados donde querría hacer las pintadas más sencillas y seductoras que me van y vienen por la cabeza, en un ejercicio de lectura y de pensamiento con toda suerte de vías y viceversas. Creo que me dirás que me enmaraña la sombra de las palabras, por lo que hago una luz que a veces es oscura. Sí, intento armar una obra literaria menor recurriendo a la caja fuerte de las palabras de los distintos clanes catalanes (que casi son, con el nuevo diccionario del Institut d'Estudis Catalans, un hiperbanco de datos).Y tú sabes que soy un enamorado de las hablas megamillonarias de polifonías de las diversas zonas geográfico-culturales catalanas, intento un tartamudeo mezclando letras y significados que expresen un par (de nuevo en sentido mallorquín) de músicas letradas que entretengan a los humanos y les procuren el gusto del placer. Dirás, lúcido y severo P-M, que ya he empezado a desbarrar, sin caer en que ésta es una de las pocas habilidades que practico. Hacer volar palabras a manos llenas, a la búsqueda de unas frágiles formas bellas. Me replicarás que sabes que la belleza es terrible y que todo acto hermoso se paga. Prestas demasiada atención a los medios de comunicación, especialmente a los audiovisuales. Sí, ya sé que Internet te resulta ordinaria y que vivir en digital no es lo tuyo. No obstante, hace poco me leíste, cuando Gilles Deleuze dijo su último "no" tan bestialmente humano, unas palabras suyas que decías que podían aplicarse a unas cuantas "cosas" mías. Me parece increíble que llames "cosas" a mis escritos. Y me leíste : "Faire du nouveau en littérature, c'est faire bégayer la langue, c'est-à-dire la minorer, tant il est vrai que les grands écrivains inventent un usage mineur de la langue majeur dans laquelle ils s'expriment. Écrire, c'est dérégler, déréglementer le langage, lui faire suivre des lignes de sorcière." Como el rayo que encuentra el pico que lo para y lo absorbe, el resplandor me ha hecho ver que mucha de mi labor de escritor tiene una única pasión: hacer, del aprendizaje de las letras y de su práctica en manufacturas a conciencia de Literatura y Sonidos, un arte de vivir. Quizá a través de esta idea elemental podrás, estimado P-M, entreverme como quien mira por un Gradulux. Vivo, y después de decírtelo bésame, en un estado de insatisfacción íntima, de desconocimiento propio y de pérdida de identidad agudas. Por eso mismo quiero emplear la lengua, hacer trampas con ella, sin la más mínima ilusión. Hay horas en que no me gusta escribir y otras es una fuente de placeres casi fisiológicos. Me siento omnisexual y a través de las letras puedo buscar territorios de sexos que me provocan una excitación real.

No sé si era esto lo que quería decirte. Pero la cabeza me bulle de lecturas y tú te me apareces fuera del acuario mundano como una voz que me pone en crisis. Y estoy tan poco acostumbrado a oír palabras que me desmonten con la exquisitez de los grandes espíritus corrosivos del siglo (como los colegas Nietzsche, Turing, Barthes o Wittgenstein, que sabían latín y lo practicaban), que cuando te escucho me parece soñar. Una frase del maestro Valéry que me dijiste hace unas horas me sobrevuela como una cometa de papel de seda: "Je n'ai jamais su qui j'étais..." Y he encontrado una carta de Paul (Valéry), muy cerca ya de la muerte, a André (Gide), en la que dice unas palabras aladas que yo podría firmar porque casan como gemelas de mi sentir. Son éstas: "Je dois à mes amis presque tout ce que je suis. Ils ont cru en moi qui ne croyais pas en moi-même... Ils m'ont tant instruit, et de tant des choses... Mon vieux, il ne faut pas oublier ceci, ni t'oublier."

¿Quieres que sea más directo, preclaro P-M? ¿Quieres que afloje sin la más mínima vergüenza (tendría que caérseme el cerebro de vergüenza). Quiénes somos? ¿Tendría que ser el efecto que provoco en uno u otro? Pasa como cuando oigo mi voz grabada: casi no me reconozco. No por "inteligente" ¡ Sé que no lo somos! No te parece el rien ne va plus del morro?

Post scriptum. Los líquidos amorosos. No me he despedido y he firmado deprisa y corriendo. Por eso me ha hecho gracia cuando he encontrado en el suelo un pequeño papier que te envié hace un tiempo y que me dijiste que te había entusiasmado. Es una excelente traducción de Antoni Martínez de Xàtiva del poeta lbn Hazm de Córdoba. Dice: "Escribir una carta de amor, saber que la han leído, recibir la respuesta, es una suerte de placer semejante al del encuentro con el amado, por eso puede verse a los amantes acariciando las cartas, estrechándolas contra su pecho, conservándolas como un tesoro. Hay cartas escritas en tinta mezclada con lágrimas, las hay escritas con tinta y saliva e incluso las hay escritas con sangre."Quizá, P-M múltiple y cercano, yo habría traducido "carta" por "Letra" marinada en líquidos amorosos.

Pasen, y vean el espectáculo

José Carlos Llop

Todos los martes, Biel Mesquida publica en este periódico una de sus Cròniques. Empezaron a publicarse hace nueve años y ahora han cambiado de título -de Cròniques escèptiques a La Darrera. De página y de formato han cambiado en varias ocasiones sin dejar por ello de ser un producto típicamente mesquidiano. Con denominación de origen pero también con árbol genealógico preciso. Porque hay en estas crónicas del escritor mallorquín cierto voluntarismo orsiano. Me refiero al Glosari de don Eugenio D'Ors, ese hombre de letras que tuvo la voluntad de esculpir su vida y su obra en mármol, como si sobre el mármol no cagaran las palomas. Mesquida no se quiere en mármol porque sabe que hoy en día todos los materiales son perecederos. Y precisamente este conocimiento -la conciencia de esa caducidad- ha construido en él una habilidosa figura pública -lo he dicho en otras ocasiones- que es todo un gobierno de su república inventada: la república bielmesquidiana. Me refiero a que Mesquida es su propio ministro de Propaganda y también su ministro de Relaciones Exteriores. Su ministro de Medio Ambiente y su propio Presidente de Gobierno. Y encima, es como el café instantáneo, que puede servirse en cualquier situación. Que estemos de acuerdo o no con las manifestaciones de esa república inventada es otra cuestión. Que su contundente y agitada -de agit-prop- presencia sea un hecho desde principios de los 70 es, en cambio, una cuestión innegable.

A veces, los martes, cuando aparece una de sus Cròniques, Mesquida y yo hablamos por teléfono. En ocasiones le insulto; otras le recrimino; a veces le critico con cierta saña la fotografía elegida para ilustrar su artículo, por su fácil búsqueda del escándalo. Pero también hay otras que me quedo perplejo -y por qué no decirlo, fascinado- ante lo fulgurante de algunas de sus imágenes escritas, o con el fluido eléctrico que frecuenta su discurso narrativo. Incluso, en alguna ocasión -cosa rara-, me he detenido morosamente ante una de las mujeres que aparecía fotografiada entre su texto. Recuerdo que en esa ocasión le dije: 'ante una mujer así, no importaba que hubieras escrito nada'. Pues él sabe que a menudo no comparto sus tesis ni su espóradica afición por la corrosión social, o que se las rebato con una mezcla de irritación y paciencia que sólo dedicamos en esta vida a las personas cercanas. Demasiado desgaste para dedicársela a las otras. Y uno de los significados de esa dialéctica establecida entre nosotros, procede del carácter sísmico -bastante alto en la Escala de Richter- del propio Mesquida, que si algo impide es el aburrimiento de la sociedad donde vive. No es poca cosa. Y después está la voz: una voz que bebe del mejor Blai Bonet, de la Rodoreda más espectral o del Villalonga más esnob. Por citar sólo a tres hechiceros de la tribu. Sin olvidar -más bien al contrario: con la vista muy atenta, quizá demasiado atenta- el discurrir efímero de las modas -literarias, cinematográficas y artísticas- del mundo contemporáneo.

Hace un par de años Mesquida me comentó que iba a empezar una serie de sus Cròniques con un carácter más narrativo -basadas en sucesos mallorquines literaturizados- utilizando la segunda persona del singular -la pariente pobre de la narrativa, no así de la poesía, pero la destacada del Nouveau Roman y de los experimentos telquelianos. Le recordé que ya Juan Goytisolo le había sacado lustre a esa segunda persona en la trilogía formada por sus novelas Señas de identidad, Reivindicación del conde don Julián y Juan Sin Tierra. Él me contestó que, en cambio, en catalán apenas si existía y yo me quedé con el convencimiento -tal vez malpensado, tal vez erróneo- que Goytisolo iba a ser su lectura-base en ese nuevo experimento. Efectivamente: Mesquida escribió sus nuevas Cròniques, fueron leidas y comentadas con bastante más fruición que otras, y Matías Vallés acabó bautizándolas como American Beauty a la mallorquina o Majorcan Beauty. Mesquida estuvo encantado: le habían entendido.

Ahora aquellas Cròniques han sido salvadas del efímero periodístico para integrarse -revisitadas, trabajadas y metamorfoseadas- en el actual efímero libresco bajo el título -tan mesquidiano- de T'estim a tu. En él se describe una Mallorca apocalíptica y chillona, afín a la vocación escandalosa -heredera del surrealismo- que tantas veces estimula a Mesquida. Una Mallorca que mezcla el folletín con la modernidad, el morbo con la aspiración de recuperar el paraíso, el testimonio de una época con la fantasía fabuladora. Una Mallorca que encabeza una mancha de Miquel Barceló con la forma distorsionada de Mallorca. ¿Es esa distorsión un aviso? Puede: la literatura y el arte distorsionan la realidad para crear una realidad nueva que acaba siendo -cuando es literatura, cuando es arte- más real que la realidad misma. Porque en T'estim a tu hay lecturas, intertextualidad -afición muy de Mesquida-, conversaciones telefónicas, anécdotas contadas por amigos, juegos de lenguaje, chismes, noticias de periódicos locales..., como si el narrador le tomara el pulso a la vida y sus relatos nacieran de la vida que le rodea, trasladada al Callejón del Gato y sus espejos deformantes: oficios, en fin, del cronista, que todo lo aprovecha.

Pero la novedad de este libro fluctúa en dos vertientes. La primera es la instalación de una poética hecha a base de fragmentos y retazos teóricos que dividen sus partes y establecen, por un lado, un sentido nuevo en los relatos y, por otro, la situación del escritor tanto frente al mundo como frente a la literatura. Son fragmentos brillantes, tomados quizá de un dietario personal, en los que Mesquida sigue fiel a una concepción barthesiana del hecho literario, basada tanto en el placer del texto como en el reconocimiento a través del texto, mientras continúa haciendo calas en una posible teoría de la modernidad que le persigue como una sombra -y es la sombra mesquidiana- desde su época de aplicado discípulo telqueliano. La segunda vertiente de la novedad estriba en una comprobación universal: todo relato independiente, reunido junto a otros relatos independientes, adquiere un sentido nuevo, la parte de un corpus que estaba ahí antes de existir por sí mismo: el espinazo de su autor. T'estim a tu, por tanto, puede leerse como si no hubiera existido pieza a pieza. De hecho no existía para existir ahora, momento en que configura para el lector una nueva ficha del puzzle mesquidiano. Nueva y no intercambiable, pero sí fiel al concepto que Mesquida supo introducir en la narrativa catalana a partir de L'adolescent de sal: me refiero a aquel lema poético de Foix que decía algo así como M'exalta el nou i m'enamora el vell. Tal vez fuera al revés, pero aquí poco importa.

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